sábado, 18 de marzo de 2023

Y de pronto...un coleo

No puedo decir que mi vida haya estado alejada de las plantas, pero tampoco estuvieron siempre presentes.

Los veranos de mi infancia transcurrieron en la Sierra de Guadarrama, en una casa alquilada con un jardín donde había de todo un poco (fresas, higueras, parras, galanes de noche, hierba buena...). Mi abuela tenía la famosa “mano verde” y en casa hubo plantas mientras ella estuvo presente. Pero en esos años, a mi me preocupaba más la bicicleta, mis amigos y los animales. 


Lo cierto es, que tras aquella etapa, lo que quedó en mí (además de unos recuerdos felices) fue una ganas enormes de tener algún día un gato, pero de plantas nada de nada. Con el tiempo adopté  a mi primer compañero felino, pero no fue hasta que mi hermana se hizo con el esqueje del que, más tarde sería conocido como el “coleo mutante”, que está fiesta verde no dio comienzo.

Lo más gracioso es que los coleos, tras una pequeña luna de miel, han resultado ser para mí, unas plantas...digamos que no muy amigables. No le pillo el tranquillo y siempre se me desfallecen de más, sacándome un pelín de quicio.  

Ese coleo y el hecho de que abrieran una floristería al lado del portal de mi casa, fue el inicio. Al coleo le siguieron los geranios, las petunias, una cinta que me duró un telediario (otra planta que no se me da) crasas, alguna aromática... Y orquídeas, las maravillosas orquídeas. No se cuantas se me murieron hasta que me hice con ellas más o menos, pero para mi ha sido un enamoramiento absoluto.

Al tener gata, al comienzo iba con mucho cuidado. Bruja (mi preciosa niña) era ya mayor y Frida cuando llegó era un cachorro lleno de energía que, aunque buena, no sabías por donde podría salir.  Pero claro, una mira y remira (fotos, libros, lee artículos), descubre plantas nuevas, alucina con las posibilidades, con la variedad y la maravilla de las diferentes especies. Así que no queda más remedio de organizar todo un poquito para intentar que fauna y flora convivan en paz y armonía. Y ha resultado que, salvo algún pequeño incidente con las flores de las violetas africanas, fauna adora a flora de un modo tranquilo y eso hace todo más fácil.


Las plantas me relajan, dan más vida a una casa y junto con los maullidos y la vitalidad de Frida, hacen que todo se sienta más “hogar”. De ambas se aprende paciencia, resistencia, adaptación, belleza...tantas cosas. 

Y todos esto a raíz de un coleo.

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